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¡Por fin!La Declaración hecha pública el 20 de Octubre de 2011, por parte de ETA

Creo sinceramente que todas las personas de paz y de bien, de cualquier lugar, sean de Euskadi, de Galicia, de otras nacionalidades del estado, de Francia, o de otros países del mundo, hoy, tienen que estar emocionadas y llenas de felicidad. La Declaración hecha pública el 20 de Octubre de 2011, por parte de ETA, anunciando el final definitivo de su actividad armada, es una extraordinaria noticia, no por esperada menos trascendente.

Esta inmensa emoción de felicidad se ve empañada, lógicamente, por el recuerdo de todas las víctimas, ¡tantas!, que desaparecieron para siempre, durante este interminable conflicto armado que duró más de 50 años. Algunos vivieron toda su existencia con la violencia de ETA presente en su vida, a cada instante.

Quizás no percibamos aún el completo significado de esta Declaración. Ni siquera podamos valorar, de manera rigurosa y calibrada, su relevancia, porque estamos profundamente afectados por la influencia de la noticia, por tantas emociones que confluyen, positivas y negativas, porque a penas intuimos los caminos de esperanza para la reparación del daño causado, de reconstrucción de tantas vidas rotas, de reconciliación para la convivencia democrática, vías nada fáciles para recorrer, pero imprescindibles, personal y colectivamente. La paz, mucho mejor, las paces, en plural, todas las paces, tienen ahora que hacerse, que construirse, cada día, todos los días, sobre la base de la confianza, de la seguridad, del diálogo, de la nonviolencia y de la libertad.

La Declaración de ETA, en sus términos y contenidos, no puede satisfacernos totalmente. Sería imposible. La estética escogida para presentarla, una vez más, lamentable. Incluso algunos de sus párrafos son inaceptables. Sin embargo, sí que encontramos apelaciones novedosas al futuro, a la esperanza, a la responsabilidad, a la valentía. Nos gustaría ver también alguna referencia al perdón, porque, sin perdón, difícilmente encontraremos la reconciliación.

Con todo, el final de la violencia armada visible, porque existen otras violencias invisibles, significa un triunfo del estado de derecho y de la democracia, mas también de las sociedades civiles, en primer lugar, de la vasca. Son muchas las instituciones, entidades, personas, que consagraron sus vidas (y las dieron) para que este momento llegara por fín.

También son muchas las personas de bien, calladas y generosas, que tendieron puentes, buscaron el entendimiento y la concordia, facilitaron la paz y el final de la violencia. Merecen nuestro reconocimiento y gratitud, particularmente, las organizaciones sociales que posibilitaron este final, desde Gesto por la Paz a Lokarri, pasando por tantas otras, muchas de ellas agrupadas en la Coordinadora de Entidades de Paz y Derechos Humanos de Euskadi que preside Gorka Ruíz. Y debo hacer una referencia especial a los mediadores internacionales que se reunieron el lunes pasado en la Casa de la Paz, en el Palacio de Ayete, en San Sebastián, tan denostados por la derecha mediática, por iniciativa de Lokarri y de Paul Ríos, ¡qué mérito! para mostrar una salida viable al laberinto violento vasco.

Tiempo habrá para seguir hablando y reflexionando. Estamos en la hora de alegrarnos. Luego vendrán nuevos problemas, nuevos desafíos, pero desde el diálogo, como mejor manera de abordar los conflictos de todo tipo, los retos que vendrán, con altura de miras, con generosidad se podrán ir resolviendo, porque, por fin, lo que más queríamos, lo que más reclamábamos, el fin de la violencia, es hoy una realidad irreversible.

¡Por fin!

Manuel Dios Diz es Presidente del Seminario Galego de Educación para a Paz y vicepresidente del Consejo de Dirección de la Fundación Cultura de Paz.